¿Qué tal si distinguiésemos entre homosexualidad y sodomía?

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Por supuesto que al final se imponen no los significados que son propios de las palabras (en éstos, es determinante la etimología), sino los que se les han asignado. No pocas veces con evidente arbitrariedad. Y con demasiada frecuencia con la mala idea de confundir. Es el caso de la pederastia y la pedofilia. La asignación de significados es arbitraria. Este segundo término se refiere a la inclinación: que obviamente no es delito mientras no se concrete en ningún acto de pederastia. El delito está en la pederastia; no en la pedofilia. De igual modo que la heterosexualidad (la inclinación sexual del hombre a la mujer, y de ésta al hombre) no es delito. El delito aparece cuando en virtud de esa inclinación incurres por ejemplo en violación.

El motivo de este análisis es la celebración de la reciente cumbre de los responsables del enconamiento de la pederastia en la Iglesia, y ver cómo tirarán de sinodalidad para que las cosas acaben llamándose como no son, poniéndose todos de acuerdo en “modular” de alguna manera la puesta en marcha del remedio a tanto desmán. Si alguien esperaba que los obispos, que son los máximos responsables de la multiplicación y enconamiento del problema, se hicieran el harakiri como en su día las cortes de Franco, vana fue la esperanza. No cabía esperar tan acendrada virtud de un colectivo tan podrido.

El problema es que se han comportado como clericalistas leguleyos ad náuseam, porque han retorcido el lenguaje y las estadísticas hasta donde les ha sido posible y permitido, e incluso un poco más allá, para salir indemnes de esa mirífica cumbre de autoexaltación y autoexculpación clericalista episcopaliana y cardenalicia.

Se han esforzado denodadamente por dejar fuera de toda sospecha a la homosexualidad, alineándose milimétricamente con las doctrinas neosexualistas impuestas por el mundo con el que intentan fusionarse y confundirse.

Pero por ignorancia o por cálculo (más bien por esto último) han errado el tiro, es decir han confundido los términos. Por empezar, el de “homosexualidad”, tan técnico y casi aséptico, nos ha sido impuesto por el mundo; dejando su correlativo de heterosexualidad como algo retorcido, extravagante, peligroso.

Y han olvidado el término propio de la Iglesia que es la sodomía, el pecado de sodomía. La Iglesia obviamente no tiene en su catálogo de pecados ni el de homosexualidad ni el de heterosexualidad. La Iglesia no califica ni condena la condición o la inclinación, sino el pecado. Condena la violación, el estupro, etc.; pero no la inclinación sexual que lleva a cometer esos pecados. Del mismo modo, tampoco condena la homosexualidad, que es una forma de ser, una inclinación; no un pecado. Lo que condena es la sodomía que ésta sí, es el pecado en el que tiende a incurrir el homosexual.

Puestos por tanto a hacer estadísticas y afinar el lenguaje, lo que tenían que hacer en su cumbre los obispos (¡han estado cumbres!) no era averiguar ni cuántos delitos de pederastia habían cometido los curas homosexuales, ni cuál es el porcentaje de curas homosexuales que hay en la Iglesia para comparar ambos datos; sino averiguar cuántos delitos de pederastia eran actos de sodomía, y cuántos curas sodomitas eran autores de esos delitos.

Y ahí sí que hemos dado con la madre del cordero. Porque es evidente que ni todas las personas heterosexuales incurren por el simple hecho de serlo, en pecados (es el término propio de la iglesia) a los que empuja la heterosexualidad, ni todos los homosexuales se entregan a los pecados propios de la homosexualidad, recapitulados todos ellos bajo la denominación genérica de sodomía.

Porque el gravísimo problema de la Iglesia hoy, ni es el celibato (tan discutible como se quiera), ni es la homosexualidad de muchos sacerdotes (tan discutible también como se quiera), sino la tremenda relajación sexual de los unos y de los otros, tan acompasada con el mundo, para el que ya no tiene el menor sentido la fidelidad conyugal (y en ese caso, ¿qué sentido tiene hablar de celibato?), ni tiene sentido tampoco la contención sexual o la castidad, tanto si el apetito sexual está dirigido al mismo sexo, es decir hacia la sodomía, como si está dirigido hacia el otro sexo en forma de toda clase de abusos.

Y claro, llegados aquí, nos encontramos con la obvia sublevación de los homosexuales de la Iglesia (sodomitas si practican), que al ver que los heterosexuales se han saltado por su cuenta la limitación que les impone el celibato, también éstos han decidido tomarse la justicia por su mano por considerar que ellos, igual que los demás, tienen derecho a una vida sexual plena (es la nomenclatura que ha impuesto el mundo). Es decir, ven la sodomía como un derecho, porque consideran que cualquier represión sexual (incluidas la represión de la violación y del aborto, que a veces es infanticidio indisimulable) responden a esa obsesión represiva de la Iglesia. Más aún, lo que ven es que los efectos secundarios de su plena realización sexual son menos conflictivos: por ejemplo su sexualidad nunca desembocará en el drama del aborto ni en el evidente delito de infanticidio que a veces reviste éste.

Es la filosofía del mundo, a la que la Iglesia le ha abierto sus puertas de par en par con una exultación digna de mejor causa. No es pues la homosexualidad la que se ha abierto camino en esta cumbre, sino la sodomía, en la que se han engolfado un gran número de sacerdotes, algunos capitaneados por sus obispos y cardenales. No olvidemos al infame McKarrik, sodomita convicto y confeso que ha hecho pública ostentación de su sodomía y que se ha dedicado en cuerpo y alma a  homosexualizar la Iglesia, colocando a los suyos en la más alta jerarquía tanto en Estados Unidos como en el mismísimo Vaticano.

Pero claro, aunque no todos los que han intervenido en esa cumbre sean sodomitas (eso sería demasiado suponer), sí que podemos asegurar que su gran mayoría son sodomistas (partidarios de la sodomía). Porque eso es lo que se ha discutido ahí: la despenalización moral de la sodomía. Pero astutamente ocultada bajo el nombre de homosexualidad. Y con la excusa de no criminalizar la homosexualidad (cosa que nadie había hecho, igual que nadie ha criminalizado la heterosexualidad), se ha despenalizado canónicamente la sodomía. Sí, sí, ésa es la jugada que subyace a los juegos de artificio de esa cumbre. ¿Que el 80% de los delitos de pederastia del clero son sodomíticos? ¿Y qué?, dicen los obispos encumbrados en su cumbre. No sería honesto aprovechar ese hecho para condenar la sodomía. Y no la condenan, claro. Porque los muy astutos en vez de hablar de sodomía, que es ahí donde está el pecado, hablan de homosexualidad, que mientras no desemboque en sodomía, es moralmente indiferente. Y con enorme acierto pastoral, evitan condenar la homosexualidad (y son por ello merecedores de aplauso). Pero en el mismo paquete evitan condenar la sodomía: digna de condenación para la Iglesia, igual que es digna de condena la violación o cualquier otra clase de abuso sexual.

Ya sólo nos falta dar el salto de los obispos sodomistas (prescindiendo de cuál pueda ser su relación personal con la sodomía) a los obispos sodomísticos. Vamos de camino. Pero digo yo: igual que en la iglesia ortodoxa no se exige el celibato para los sacerdotes, pero sí para los obispos, ¿no estaría bien que en la Iglesia católica se impidiese el acceso a la dignidad de obispos a los sacerdotes sodomitas? No me refiero a los homosexuales, sino a los sodomitas. Por cierto, creo que a McKarrik le han secularizado por sodomita recalcitrante y empedernido, corruptor de seminaristas, de sacerdotes y de todo lo que se la ha puesto por delante. No lo han condenado por homosexual, sino por sodomita.

Para Germinan Germinabit

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2 thoughts on “¿Qué tal si distinguiésemos entre homosexualidad y sodomía?”

  1. En la Iglesia católica está prohibido ser sacerdote si tienes una tendencia homosexual definida. Todos los homosexuales (muchos después convertidos en sodomitas) que entraron en el seminario conscientes de su condición lo hicieron engañando a la Iglesia, y hasta es posible que su ordenación sea inválida.

    Pero… ¿por qué engañar para convertirte en un carisma que exige muchos sacrificios y poca ó ninguna remuneración?. La única explicación para mí es la infiltración marxista durante la guerra fría. Está documentada (búsquese quién fue Bella Dod, en su confesión después de abandonar el partido comunista clandestino de EEUU). Sólo la infiltración de “homosexuales sin fe y sin moral” (como dijo Bella Dod, ya que necesitaban gente que disimulara el celibato) explica la situación actual. Gente que entró en el seminario mintiendo y con mala intención.

    Más adelante, ya infiltrados en lo más profundo de la Iglesia, llega la fase de crear redes homosexuales desde los seminarios, donde detectan chicos vulnerables y les hacen parte de sus redes después de abusar de ellos. En países en desarrollo es todavía más fácil buscar chicos de origen humilde y prometerles poder y carrera a cambio de favores sexuales; después ya forman parte de la red.

    Todo lo anterior es muy triste, sobre todo porque fue posible gracias al silencio ó a la falsa obediencia clericalista de los buenos. Son pruebas de Dios nuestro Señor. Para que el mal triunfe deben fallar los buenos. En todo caso todos tenemos la oportunidad de poner nuestro granito de arena, intentar ser intachables ante Dios dando ejemplo y ayuda los demás, proclamar la Verdad y arriesgar por la venida de Su Reino. Soy optimista, esto es sólo una prueba de Su Amor.

    1. Estimado seguidor: eso es. Todo se explica por esa infiltración del maligno, de quien desde los comienzos de los tiempos sólo tiene un objetivo: destruir a la Iglesia, combatir a Dios. Mil gracias. Saludos cordiales

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